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martes, 2 de noviembre de 2010

580

Hace dos días me entregaron los resultados oficiales del GMAT: 580 puntos. Se dividen: 38 en verbal y 30 en matemáticas, con lo que quedo en el percentil 58. Suficiente como para viajar a Melbourne, donde piden 540 puntos como mínimo. Esta es mi experiencia de ese examen.
La historia parte el martes 26 a las 9.30 de la mañana, cuando llego al Instituto Chileno-Norteamericano de Cultura. Con una ceja levantada, un señor de delantal azul me mira extrañado y me pregunta qué hago ahí.

-Vengo a dar el GMAT.
-Pero es a las 10. Llegó muy temprano, porque no hay nadie. Suba al quinto piso, porque ahí es.

Voy a ver y noto lo siguiente. El ascensor, vacío. El pasillo, vacío. Varias salas, vacías. La puerta del ascensor se cierra a mis espaldas y baja. En dos minutos vuelve. Sale el hombre del delantal azul: "Perdón, la prueba es en la biblioteca. Pero no hay nadie. Es que usted llegó muy temprano".

Bajo con él y voy por un expreso en el café de la esquina. Para el frío y el sueño. Lo tomo en cinco minutos, pasó por una botillería por una Coca-Cola y vuelvo. Son las 9.50. No hay nadie. "Es que llegué muy temprano".

Pero la Natalia, otra compañera del Magíster, está dentro. Conversamos. Llenamos unos formularios. Y, luego, esperamos un poco y nos hacen pasar a una salita del tamaño de un walking closet con una gran ventana desde donde se ven los tres computadores para el GMAT.

Pongo la palma de la mano sobre un escáner como los que usan para la huella digital, pero, en este caso es para la mano. Espero que me lea bien la suerte. La niña que atiende el boliche me explica que es para asegurarse que el que entra en las tres partes de la prueba sea siempre el mismo. OK, le digo yo. Tengo ocho minutos para descansar después de los ensayos que hay que escribir, ocho minutos después de la parte matemática y después, para la casa. Casi cuatro horas voy a estar adentro.

Me sentía relajado. traté de tomarme la prueba como si fuera una más. En realidad, ya no había sacado el mínimo en el Toefl (100 puntos; saqué sólo 91) y sentía que no tenía nada que perder.

Entro a los ensayos con la confianza de aquél al que no le servirán para postular a la universidad. Primero, me toca el argumento y, luego, el ensayo de opinión. Los hago siguiendo una estructura que estuve revisando el día anterior.

Descanso. Alcanzo a ir al baño y volver. Viene matemáticas. Avanzo bien, creo. Estoy metido en un viaje psicodélico de números, ecuaciones, cálculos e inglés. Como que mi mente está fuera del espacio. ¿Even significa par o impar? ¿Y odd? Tres preguntas con estos confusos términos y basta. Estoy perdido. Dios, ayúdame. Viene una pregunta difícil. La única manera de volver a la prueba es responderla. Me demoro unos diez minutos y la hago ¿bien? No sé. Sigo. Pero creo que ya estoy de vuelta. Creo. El tiempo se acaba y llego justo al final de la prueba. Ninguna fue al azar, pero si fueron con poco tiempo.

Descanso. Alcanzo a ir al baño y volver. Viene verbal. Avanzo en las preguntas. ¿Por qué tantas preguntas de corrección gramatical  se responden con la alternativa A? No sé. Pero tampoco es normal. Pero tengo que concentrarme. Me demoro. Las últimas siete van al azar.

El computador me pregunta si quiero anular el examen o mandar los resultados como a cinco universidades a las que les puse que les mandara la información. Le digo que mande los resultados. 580. Listo. Estamos. Se acabo. Levanto los brazos con las manos empuñadas como si estuviera en el estadio y ganara mi equipo.

Me voy a almorzar con la Coni para celebrar.

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